Escuchando, escribí esto:
Había una vez un adolescente desamorado.
Iba dando tumbos, perdido, ciego, sin rumbo.
Vestía el negro, comía viento y luz.
Buscaba entre las sombras, en los laberintos
las pistas y señales de su amor perdido.
¿Do estás, estrella, do estás que no te encuentro?
¿Te encontraré en el mar, bajo la loca tormenta,
atado a mi timón cantando tu nombre?
¿Te encontraré en el bosque, tras la huella
del monstruo de deforme rostro?
¿Te hallaré en la cima de la montaña donde
la oriflama lucha contra el viento?
¿Te hallaré en la estepa donde vuela mi montura?
¿O en el desierto, seca mi boca de tus besos?
Así el desamorado cuestionaba al cielo.
Bobo, desamorado idiota, dijo el cielo.
Tu amor está en tu interior, muy dentro de tu pecho.
Escondido entre los pliegues de tu corazón,
siempre en ti, hasta ser tú, tontito.
Hasta que tu amor no crezca hasta ser tú mismo amor
y llene tu espacio y tu forma expulsando el negro,
echando de tu alma sombra y laberinto, amor,
no encontrarás sino negrura, y la risa te dirá,
bobo y triste, desamorado, que amor has encontrado.